Cómo se hizo


El "detrás de cámaras" de Germán Castro Caycedo

Este es un espacio creado especialmente por el autor para que puedas conocer los detalles detrás de algunos de sus libros. No te pierdas esta única oportunidad de conocer, de mano de Germán Castro Caycedo, artículos acerca de cómo se hicieron algunas de sus producciones de narrativa no-ficcion.


Perdido en el Amazonas


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El segundo Perdido

Aquel francés leyó “Perdido en el Amazonas”, se fue para el Amazonas... y se perdió en el Amazonas.

Su nombre, Marc Mathieu Beltra. Veintiún años. Era diciembre del año 2002.

Los primeros trazos de la historia me los contó una señora con quien me crucé este año en una calle bogotana:
" - Por Dios. Llevo años buscándolo para contarle una tragedia: la madre de aquel muchacho estuvo dos años en el Amazonas tratando de encontrar alguna huella suya... La única es que unos pescadores hallaron en un río no lejos de Leticia, una bolsa con ropa del joven, su pasaporte, y Perdido en el Amazonas, ese libro escrito por usted."

Cuatro días más tarde localicé en París a Françoise Olivés, la madre del joven. Hice una cita con ella diez días más tarde en la rue du Moulin Joly, 75011: diez de la mañana.


Mi alma se la dejo al diablo


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La noticia fue publicada en El País, un diario de Cali: “Esqueleto de un ser humano hallado en una choza a orillas del río Yarí, en el Amazonas”.

Un juez de Florencia, ciudad en la costa de la selva, había iniciado una investigación y había instalado en un patio a dos acusados de haberlo abandonado allí estando aún con vida. La mañana siguiente volé a Florencia.

Sí. Martin Morningstar, un aventurero estadounidense y Vicente Quintero, su mano derecha en estas selvas, confinados a un patio continuo a los juzgados ---dos sillas, una mesa, una botella de whisky--. El juez los mantenía alejados de la prensa local, y un atardecer los dejó libres sin explicación alguna.

Y… ¿El cuerpo del delito, como dicen los penalistas?... ¿Y el escenario de los hechos?... ¿Y el levantamiento del cadáver?

Seis meses después nadie había tratado de llegar hasta la choza a orillas del Yarí.

Por la dificultad para alcanzar aquel lugar, por las condiciones del escenario, una selva virgen de miles de kilómetros prácticamente impenetrables; por el silencio metódico del juez, por los obstáculos físicos para hallar testigos en aquellas soledades, suspendí mi investigación con la intención de esperar a que la misma historia se fuera decantando.

Un año más tarde clausuraron el penal de Araracuara, una cárcel en medio de la selva amazónica, cuyas rejas insalvables eran un cañón de roca portentoso y pendiente por el cual se emboquilla el río Caquetá, y en el contorno, la manigua inmensa, insalvable para unos seres que no tenían conocimientos de selva, ni una brújula, mucho menos un machete o un bocado para emprender tamaña aventura.

A raíz del cierre volamos con el fotógrafo Carlos Caicedo, y un mes más tarde nos alistamos para regresar en un pequeño avión anfibio que acuatizaría la mañana siguiente.

Ese anochecer, Caicedo confesó que había guardado para el remate una botella de licor y debíamos celebrar con ella el final de esta aventura.

A las seis la luna era soberbia y alguien dijo que nos ubicáramos en la orilla del Caquetá para observar a los murciélagos cazando insectos sobre la superficie de las aguas.

Bajamos hasta allí Saúl Araque, un ex penado ---como les decían ahora a quienes habían decidido quedarse allí por el resto de su vida---, Oscar Rivera, quien nos había transportado en su bote por estos ríos, Carlos Caicedo y yo.

Saúl hablaba del castigo que significaban la lejanía, y justo en aquel momento, Oscar Rivera, interrumpió el relato:

" - Eso no es nada: ¿Qué tal cuándo yo andaba extraviado y varios meses antes de llegar aquí, me encontré un esqueleto abandonado en el Yarí? "

Ese era mi esqueleto. Esa era una parte fundamental de la historia de Benjamín Cubillos.

La mañana siguiente me lo traje para Bogotá en el avión anfibio de la Fuerza Aérea Colombiana que había ido por nosotros. Prometí enviarlo de regreso en la línea comercial que iba hasta allí una vez al mes.

Luego, en el clímax de un relato de varios días, extenso y apasionante a través de ríos que él descubría distintos según el sabor de sus aguas, llegamos al esqueleto:

La choza tenía tejas de zink que brillaban con el sol y hacían fácil su ubicación en medio de la selva descomunal: se levantaba frente a una recta de, por lo menos un kilómetro de larga que formaba el río.

Pero, además, al lado de la hamaca en que yacían los restos, Oscar vio un cuaderno verde con letras, a lo mejor escritas por aquel.

Sí. Ese era el escenario de mi historia. Ese era el avión para llegar hasta aquel sitio.

¡Ese era mi libro!

Semanas más tarde divisé la recta de un kilómetro, el brillo de las tejas, dentro de la choza la osamenta y un pie asomándose bajo el toldillo que cubría al esqueleto. Y sobre una pasera hecha con cuatro palos en forma de mesa de noche, una biblia ajada y encima de ella el cuaderno verde:

“Morí abandonado en este infierno… Mi alma se la dejo al diablo”.


El Hurakán


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La conquista continúa

Regresaba de Puerto Carreño en la esquina oriental de Colombia, límites con Venezuela y ante el cansancio resolví detenerme aquella noche en Villavicencio.

Al atardecer la gente se reúne en los cafés al aire libre de El Callejón del Comercio y allí vi a un amigo. Él me presentó a un señor silencioso que se sentó luego en nuestra mesa.

Hablábamos de los indígenas de la Orinoquía y mi amigo hizo una presentación más formal:

Él es el juez Dámaso Marenco Cantillo y acaba de condenar en un juicio a ocho llaneros por haberle dado muerte a dieciséis indios cuivas. El lugar se llama La Rubiera, en el confín de esta llanura.

El proceso había sido tan silencioso como para no trascender más allá de las instalaciones del juzgado.

" - Todos habían confesado los crímenes con detalles minuciosos. Por ejemplo, Cupertino Sogamoso hizo un recuento tan detallado de los seres que había sacrificado a orillas del Rio Capanaparo en Arauca, frontera con Venezuela, que redondeó así su declaración:

" - Dos y medio son míos, señor juez.

El juez me permitió estudiar el sumario -ahora público-, y como remate, visité en días posteriores a los condenados en la cárcel:

" - Yo no sabía que era malo matar indios - " dijo allí Elio Torrealba.

(Lo de aquel 12 de octubre de 1492 es imborrable).


Que no sea la de la discordia!


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Eran un hombre silencioso y una mujer con la cara lavada. El par de veces que la había visto antes en medio de bocanadas de humo, me habían llamado la atención su mirada y algo que me pareció todo un lastre en sus ideas a pesar de que simplemente se hablaba del descanso en el campo.

Los identifiqué sólo cuando ingresaron a los estudios dónde editábamos un programa de televisión. No recordaba sus nombres, pero sí el gesto de la mujer, emplazada, agresiva:

"-Alejémonos un poco de este manicomio burgués-" dijo ella.

Se identificaron como miembros de Ejército de Liberación Nacional, grupo guerrillero que tenía en su poder a Jaime Betancur Cuartas, hermano del Presidente de la República, y días antes habían anunciado que le darían muerte.

Me preguntaron si quería ir hasta los calabozos del pueblo donde lo tenían ahora.

Me tomé algún tiempo para pensarlo: cuatro años antes había sido amenazado por esa guerrilla y tuve que salir un año de Colombia. Finalmente tomé una decisión: Me la voy a jugar. Se trata del hermano del Presidente.

Como era mi costumbre, saqué un billete de quinientos pesos, lo partí en dos, justo por la mitad de los números de su serie y se lo di:

" - Sólo me iré con quien me entregue antes esa mitad del billete - ".

" - ¿Que fruta le gusta a usted? - " sentenció la mujer.

" - La manzana. - "

Al siguiente atardecer entró otra mujer a la cafetería que habíamos acordado: cara sonriente, labios con algún color, pañoleta anudada forrándole la cabeza. Colocó una manzana sobre la mesa:

" - ¡Que no sea la de la discordia, compañero! - "


Las amenazas del ELN


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Recibí un primer sobre con algunos datos muy precisos: las placas del carro en que había abandonado el periódico, la hora exacta, la dirección de mi casa hasta donde había llegado veinte minutos después.

El director de El Tiempo se comunicó con el jefe del servicio de inteligencia del ejército y la mañana siguiente me adjudicaron un escolta.

Pero esa misma tarde recibí un segundo sobre: anotaban la presencia del escolta, la placa del auto del ejército en que había llegado al periódico, la clase de ropa que tenía puesta y, desde luego, la hora de ingreso.

La tarde siguiente para México. Los principales diarios de América adelantaban un intercambio y había una posibilidad en el Perú y otra en México. Preferí México: El Excelsior, entonces el más importante de aquel país.

Regresé once meses después y cuando ya creía haber olvidado las amenazas, una mañana en el aeropuerto de Bogotá me crucé con el general que había ocupado la jefatura de aquel servicio de Inteligencia. Sonrió, me preguntó por la rudeza de estas cosas y se quedó mirándome unos segundos:

" - A usted nunca lo amenazó la guerrilla. Fueron Tal y Tal y Tal, sus propios com-pa-ñe-ros de El Tiempo - " me dijo sonriente.

El rescate del hermano del presidente de la República había ocurrido unos meses antes.



Cómo se hizo

Un "detrás de cámaras" de alguno de los libros. Escritos por el propio escritor.

El Karina

Perdido en el Amazonas

Mi alma se la dejo al diablo

El Hurakán

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